Montag, 20. Juli 2009

LIVERPOOL, EL REINO DE LAS PANDILLAS JUVENILES

De Sacha Bethany, publicado en DAS MAGAZIN del 15/05/2009.
Fotografías: Stuart Griffiths
Traducción del alemán por Rafael Marcelo Arteaga.

Los suburbios de Liverpool son el reino de las pandillas juveniles. La crisis financiera mundial agravó la situación. Viaje por una zona sin retorno.


En Norris Green, un barrio olvidado de dios en el norte de Liverpool, ya había crisis -mucho antes que el mundo hable de ello, aunque aquí parece que nunca terminará.

Los habitantes viven en sórdidas -aunque renovadas casas de los años veinte, que pertenecen al Seguro Social; los perros son gordos y demasiado agresivos, las chicas en la calle visten faldas cortas y se embarazan muy temprano. El evento preferido en televisión es "Britain's Got Talent", un show en vivo que cautiva a los ingenuos participantes que sueñan con volverse estrellas de la noche a la mañana tras una presentación.

David, Matt y Lee están sentados en el parque, vestidos de negro y cubiertos sus rostros con pasamontañas. Ellos rezongan, hablan y se burlan con una voz enfermiza que les hace parecer demasiado tímidos. Tres días después, esos jóvenes nos apuntarán con una Beretta semiautomática de 9 mm. y vaciarán nuestros bolsillos.

David es el cabecilla. Él acepta la conversación.
-¿Qué hacen todo el día?
-Nada. Nos gustan los videojuegos, El "Grand Theft Auto" o "El llamado del deber", y fumamos hierba. A veces vamos a la ciudad y hacemos negocios. Nosotros vendemos droga. Cannabis, cocaína, crack, éxtasis en polvo, lo que busques.

Norris Green es el reino de los Nogga dogs, una pandilla juvenil a la que David, Matt y Lee pertenecen. Ellos roban, mercadean y defienden su miserable barrio de los Crockys, una padilla rival del no menos miserable barrio Croxteth. Noggadogs contra Crockys. Niños contra niños. En los últimos cinco años, de acuerdo a la policía, se produjeron más de un centenar de peleas, diecisiete de ellas con armas de fuego y tres muertos. Danny McDonald murió de un tiro en el 2004, frente al pub Royal Oak. Liam «Smigger» Smith fue eliminado en el 2006, mientras iba a visitar a un amigo en la cárcel. Y un año más tarde, a Rhys Jones, de vuelta a casa luego de entrenar fútbol, una bala le atravesó el cuello. Rhys Jones tenía once años apenas.

-¿Cómo va el negocio en este momento?
-Pésimo.
-¿Cuánto ganan ustedes?
-Hace un año 2000 libras esterlinas por semana. Hoy ni siquiera la mitad.
-¿Por qué?
-La gente no quiere más coca.

El ocaso del barrio empezó con la desaparición de las grandes fábricas de electrónica en los años ochenta. Hoy en día una de cada dos personas vive de la ayuda social. Aquí no se muere de hambre, pero sí de melancolía. La clase obrera, antes la columna vertebral de una orgullosa nación industrial, permanece sentada a partir de mediodía en el pub Old Broadway, bajando la estación de tren, donde el aire huele a humo de tabaco, aunque está prohibido fumar desde hace tiempo y las alfombras en el piso son suaves y húmedas, como el césped de una cancha inglesa en una mañana de rocío.

Guerra de pandillas juveniles.

Los suburbios de Inglaterra se descomponen. En Moss Side, un barrio sórdido de Manchester, niños armados de Gootch luchan contra las pandillas de Longsight; en las afueras de Londres, el año pasado, lejos de los rascacielos llenos de vidrios y las zonas de las grandes tiendas, fueron apuñalados treinta adolescentes por otros adolescentes. En Leeds, Bolton, Birmingham, la edad de las víctimas y de los delincuentes baja. Cada ciudad británica libra su propia guerra de pandillas.

Con sus coches robados, con sus armas y heridas de bala que parecen cicatrices de inyecciones, los muchachos de doce años posan en YouTube, cubiertos siempre con una capucha negra, con un pasamontañas: sus uniformes para protegerse de las 4,2 millones de cámaras distribuidas en todo el país a fin garantizar una mayor seguridad.

-¿Han ido alguna vez fuera de Liverpool?
-¿Para qué?
-¿Saben sus padres lo que hacen ustedes?
-Ellos saben que tenemos problemas con los “perros”, pero no preguntan algo y nos dejan en paz.

Quince años duró el auge económico en Inglaterra, y del que se beneficiaron las clases medias y altas, sobre todo; pero la recesión ha topado a los británicos más que a cualquier otro país en Europa. La Libra esterlina se debilita, el consumo disminuye, son más de dos millones de personas sin trabajo, y ello afecta más a los jóvenes sin estudios terminados, o sin formación.

-¿Y qué de la escuela?
-La dejamos a un lado, porque allí nada se aprende para la vida: Los profesores no tienen idea de lo que ocurre en las calles.
¿Y qué ocurre en las calles?
-Es un lugar complicado con un código donde tú debes aprender qué bus tomar, qué calle seguir y qué marca de ropa vestir. Tú debes saber con qué mujer hablas o hincha de cual equipo de futbol eres; pero no puedes cometer un error, porque sino estás muerto.
-¿Tienen miedo de las otras pandillas?
-Si te disparan estás muerto. No hay nada más.
¿Alguna vez has disparado?
Nosotros encontramos a un Crocky y con el cuchillo cortamos las comisuras de sus labios. Luego lo tomamos de las piernas, el empezó a gritar, abrió su boca y la herida le pasó hasta las orejas.
-¿Por qué tanto odio?
-¡Porque nada hay más desagradable que encontrarnos con un Crocky en la calle!
-¿Se han enamorado alguna vez?
-¿Qué pregunta de maricas es esa?


Desde hace décadas, el puerto de Liverpool es el centro del tráfico de drogas. Comenzó con el cannabis en los años cincuenta, los marineros jamaiquinos lo llevaron a la ciudad, donde los “brujos” lo vendían en las calles a estudiantes con peinados tipo hongo y guitarras. No era un negocio para volverse rico, pero es que tampoco se lo hacía por dinero durante esos años de inocencia, cuando aún había trabajo en los muelles, en las fábricas, y los barrios alejados del centro de la ciudad, como Norris Green, eran considerados chic. Los Beatles confesaban abiertamente en la televisión que consumían LSD regularmente, cantaban "All You Need is Love", Inglaterra fue campeón de fútbol gracias a hijos de obreros como Bobby Charlton.

El diablo resuelve problemas

"La cocaína ha destruido todo", dice Stephen French. Él se sienta en el lobby del hotel Radisson, en Old Hall Street, cerca de los muelles de Liverpool. Es grande y musculoso, y bebe agua mineral sin gas. Alguna vez se lo llamó "El Diablo". French era formidable para un puñete, un “brujo” que a los trece años robó su primer coche y con veinte estaba en la cárcel. El año pasado publicó su biografía "El Diablo – El hombre más temido del submundo", que en la isla fue un best-seller.


"Soy un empresario", dice sobre sí mismo y entrega sus tarjetas de presentación, donde se puede leer: "Resuelvo problemas."

A comienzos de los ochenta la clase obrera topó fondo. Margaret Thatcher orientó su gobierno a la política neoliberal de Ronald Reagan y privatizó la industria insigne de Reino Unido, como fue la construcción de buques y la minería. Era el tiempo de la euforia neoliberal, y personas como French se dieron cuenta que con la cocaína, la heroína y el crack se podía hacer dinero más fácil y rápido que con el cannabis. "De simples delincuentes, como yo, pasaron a ser temibles y poderosos traficantes." De repente tenían dinero, compraron autos de lujo, clubes nocturnos y ostentaban en las calles qué tan rápido se puede ir de abajo hacia arriba. "Los empresarios y el bajo mundo", dice French, "se reunían en las mismas fiestas, escuchaban la misma música, y tenían las mismas mujeres"; sin embargo, la cocaína los volvía codiciosos y adictos y con las grandes sumas de dinero aumentaron también los peligros. Los primeros traficantes empezaron a protegerse con armas, otros camuflaron sus negocios: una carrera de armas había nacido.


David, Matt Lee estaban recién en el mundo, cuando los grandes traficantes se volvieron ricos y poderosos. Eran los años noventa. Los británicos descubrieron el éxtasis y volaban con Ryanairan a las playas de Ibiza. Cada peinado era la imitación de un futbolista famoso y mientras en el centro de las ciudades los rascacielos eran cada vez más altos y un Tony Blair con aspecto de muchacho exclamaba “cool Britannia", barrios como Norris Green se convirtieron en zonas rojas, donde jóvenes traficantes las poblaron con sus armas.


Stephen French perdió a su hijo, a su sobrino y a Andrew, su mejor amigo; todos con disparos a la cabeza.

"Antes se peleaba con los puños, hoy con las armas. Ellos son adictos del estilo de vida de los futbolistas, del dinero, del sexo y los automóviles." French, quien luego de su pasado criminal estudió sociología en la Universidad de Liverpool, y cambió su imagen con ternos de color crema y lentes de intelectual, denomina a los adolescentes, tal los de Norris Green, como la generación del “dinero fácil”. Jóvenes educados en los ochenta y noventa que no quieren esforzarse mucho, sino cumplir a prisa sus ambiciones de poder, de fama y de dinero fácil. "Son como los jóvenes banqueros de Londres: tienen la misma codicia en sus ojos, solo que ellos luchan con otros medios. Los niños de nuestros tiempos están fuera de control”.


«Vivir el riesgo»

"Es la peor recesión del siglo", dijo el ministro británico de familia -Ed. Bailes- en el marco de la conferencia del G-20, a principios de abril en Londres. “Y ésta influye no sólo en el estado de ánimo del poderoso jefe de los rascacielos, -añade French-, sino también en el submundo. El mercado de drogas es más competitivo que nunca” “Será un verano encendido en los suburbios de Inglaterra", dice Joey Owens, un buceador de la ciudad, un gánster admirado como un héroe por los jóvenes de Norris Green, y a quien los medios lo denominan «el asesino nazi", porque haber sido miembro de los partidos de la extrema derecha. La demanda de “coki” y de drogas sintéticas está disminuyendo, dice Owens, porque la gente no tiene más dinero ni ánimo para celebrar algo. Y mientras todos temen por sus puestos de trabajo, traficantes de quince años, como David, Matt y Lee, se sientan en sus casas, sin poder vender su producto, enojados con el mundo y aburridos, fumando un “porro” de marihuana tan fuerte que derrite sus cerebros; adictos a los videojuegos y armados hasta los dientes.

"No soy un cobarde", dice Owens, "pero desde que esos chicos tienen la última palabra en las calles, yo prefiero quedarme en casa".

-¿Qué quieren de la vida?
-Para tener reputación en la pandilla hay que lograr un nombre primero. Algunos jóvenes sólo quieren sorprendernos. Uno de doce años me apuntaba con su arma en la cabeza, pero en sus ojos había mucho miedo.
-¿Por qué no dejan esa vida y trabajan igual que los demás, como albañiles o vendedores?

-¿Debemos acaso freír hamburguesas por 5 Libras la hora y apestar a aceite de comida?
-¿Por qué no?
-Nada que ver. Preferimos hacer de 2.000 a la semana y vivir el peligro a acabar como nuestros padres: llenos de grasa y alcohol.
-¿Quiénes son sus modelos, sus ídolos? ¿David Beckham?
-Beckham es gay. Túpac está bien. Ya no queremos más preguntas.

Llegó la tarde. Es tiempo de ir a ofrecer sus mercancías. Toman sus bicicletas montañeras y se despiden: "Mañana a la misma hora, en el mismo lugar". Parecen ser felices.

El ataque

Paula Ogungboro abre la puerta y dice: "Acabo de regresar del entierro de mi marido. Sufrió un infarto. Qué lástima." Pero ella no asoma triste y tampoco distraída:
- ¿Vamos al jardín?
Sopla un viento frío en Norris Green y el banco del jardín está aún mojado después de la lluvia, pero para gente como Paula ello no es un inconveniente.


Su hijo Eugene fue liquidado en plena calle el 16 de Noviembre del 2004 por un joven de dieciséis años, del barrio vecino, por haberle pisado el pie en la discoteca. "Eugenio fue un chico bueno", dice ella. "Era fuerte, alegre y trabajaba mucho por su cuerpo. Le gustaban los músculos y la ropa de marca”. Ella entra a la casa, trae cigarrillos, té dulce, y la chaqueta deportiva de su hijo que, cinco años atrás, en esa fría tarde llevaba puesta. De color gris, lavada, y con las huellas de un agujero a la altura del pecho.

Tras la muerte Eugenio, Paula fundó la organización "Madres Contra las Armas.". Dicta conferencias sobre la violencia juvenil en las escuelas y contesta cartas de padres preocupados que le escriben: "He descubierto una pistola bajo la cama de mi hijo, ¿qué debo hacer?" Ella confiesa: "Es un área peligrosa", y sus palabras tienen algo de sabiduría aunque ella nunca estudió para ello. “Zonas peligrosas forman personas peligrosas," y mientras habla, corta con una pinza las malezas del jardín y las arroja en un cubo gigante. Al morir su hijo ella le sacó el ojo derecho para ponerlo en esmalte, dentro de un dije con una cadena dorada que siempre cuelga de su pecho.

Cuando niña, Paula fue también a la escuela de aquí. Sus padres la enviaron temprano a aprender kick-boxing, porque ella debía aprender a defenderse. "Antes también se peleaba, pero sólo con los puños, y a menudo eran negros que se sentían agobiados. Hoy se dispara y se mata sin razón. Son niños que carecen de cualquier educación. Están aburridos, no respetan a nadie, no tienen conciencia o compasión. Tienen doce o trece años y son tan fríos como un metal." Y al final de cada conferencia, ella da el mismo consejo a los alumnos: "Vayan a casa y abracen a sus madres." Aunque hoy Paula sacuda la cabeza, tanto que el ojo de Eugenio se agita adentro, y con tímida voz añada: "Tenemos que empezar desde abajo".

David, Matt y Lee están de buen humor y mientras fuman enrollan sus pasamontañas hasta los labios superiores, que se pueden ver las pelusas en su piel, los granos y hasta sus dientes amarillos.
-¿Tienes novia?
-Claro.
-¿Qué les atrae de las mujeres?
-Deben ser honestas y tenaces.
-¿En serio?
-Ellas te dejan por un tipo que tiene más pasta y que es famoso. A las hembras les encanta la imagen del chico malo, las armas e igual las ropas.

En el garaje de una antigua fábrica hay un auto de camping oxidado y sin llantas, perteneciente a alguien que debió irse de aquí hace algunos años. Éste es su punto de encuentro. Mientras David habla por celular y camina de un lado a otro, Matt se sienta al volante, Lee nos muestra orgulloso una caja llena de chips, como si se tratara de monedas de oro. Bajo su amplio traje deportivo se puede distinguir los huesos de sus codos. Comemos papas fritas y bebemos cerveza. El ambiente es amigable, hasta que David con su Beretta 9 mm semiautomática irrumpe en el auto y exige nuestro dinero. Grita y su voz es baja y luego alta, que logra asustarnos. Entonces dirige el arma al fotógrafo, mas éste se comporta muy tranquilo. "Nada es gratis en la vida", vocifera, y esa frase suena tan grotesca de la boca de un joven de quince años. Matt y Lee, distraídos hasta entonces con la caja con las tarjetas SIM, gritan también -que les damos sin vacilar todo lo que tenemos.

Les vemos correr sobre el patio del garaje. Luego se repartirán el botín y celebrarán su victoria hasta darse cuenta en un par de años qué perdidos estaban.

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