Mittwoch, 19. September 2012

LA VIDA SIMPLE DE CADA DÍA






Bienvenida sea la vida 
en la tierra de Confucio;
aquí, donde su gente aún disfruta
de limpiar su nariz en plena calle,
de escupir en la parada del metro,
un vuelo intercontinental,
sin tener un sentimiento de vergüenza.
ni sentir que alguien lo tacha de . 

¡Esos tiempos
nunca debieron cambiar!
Cuando sentimos ese leve
cosquilleo adentro
que nos mueve
a rascarnos con gusto
y nos recuerda que aún
sentimos picazón en el alma,
que no somos perfectos
ni impermeables como un poncho de agua.

Ellos se esmeran por tener
la uña del meñique larga,
cubierta con esmalte
y siempre limpia
después de cada uso;
en tanto yo, aun tras una puerta,
reprimo esa pasión
que me hizo feliz cuando fui niño.

¡Ah, mi pobre nariz educada
para sentir ciertos olores apenas! 
Llena de granos y de pecas,
que si no la limpio
cada día, pronto será
igual a la corteza de una piña;
y es la que debe guiarme
a guardar la compostura
ante la seducción de mi amante,
cuando lo que quisiera
es saltar encima de ella,
igual que una fiera
poseída de deseo.

Pobres mis manos adiestradas
para el uso de cubiertos en la mesa;
mi boca, que debo limpiar
cada instante con una servilleta,
sentado y sin mover la cabeza,
mirando con angustia
los restos llenos de carne en el plato,
¡cuando todos sabemos
que el sabor se halla
en el hueso y en los dedos!

En cambio aquí, yo sorbo el caldo,
si está muy caliente,
lleno mi boca con fideos,
tantos como puedan
caber en ella,
sin perder el gusto
por el diálogo entre amigos.

Pobre mi vida que se entusiasma
con el vino de los grandes sucesos apenas
e ignora los pequeños tragos
entre las comidas,
que son –justo- los esenciales
en la vida simple de cada día.