Freitag, 6. Dezember 2013

LOS INMORTALES



El premio fue para el escritor como si hubiera topado el zenit, y no el inicio de un reto. Su descenso literario fue menos vertiginoso, casi con paracaídas.

Texto: Rafael M. Arteaga


Fue el primero, y acaso el único ecuatoriano, en ganar un premio importante de literatura a nivel Latinoamérica, hace treinta años. Su militancia política y las musas se encargaron luego de consagrarlo en el podio de los inmortales -de nuestra aldea-.


Recuerdo, entonces, a una apasionada editora de El Comercio, preguntarle qué pensaba hacer  luego de recibir aquella distinción tan codiciada por la izquierda de entonces y por los jóvenes que soñábamos con dedicarnos a la literatura como profesión, sin dejar de ser "revolucionarios".


Aun está en mi mente su foto en la portada de la revista. Entonces lucía fuerte y esbelto, como un potro de Arabia. Tuvo una carrera literaria espectacular en una pista llena de ponis.


El escritor dijo en la entrevista que aún esperaba producir mucho, que estaba en sus planes o ya tenía tres novelas listas para la editorial, dos obras de teatro y una más de filosofía que trataba de los significados mutantes o algo así. Daba la impresión de ir a la velocidad de un avión supersónico, (el Concorde -por aquellos tiempos- empezó a unir Paris con New York en cuatro horas).


A la pregunta de si le gustaría vivir en algún lugar especial donde dedicarse a la profesión de escribir, la respuesta fue: Paris. No en vano García Márquez, tan en boga aquellos días, vivió allá y era otro supersónico frente a quienes no conocieron ni el aeroplano. Estaba claro que ambos escritores eran de otra generación, porque nuestra ciudad era New York. Hablo de Byron Rodríguez, Vicente Robalino, Jennie Carrasco… Sus historias fascinaban, por lo menos a nuestra generación, y causaban rabia en los "viejos" escritores, porque entendían que su espacio fue ocupado.


Luego ella quiso saber en qué se inspiraba para escribir.


-En la lucha del proletariado-. Y la periodista, seducida por el entusiasmo del genio, arremetió de nuevo:


-¿Qué  le gustaría ser si no fuera escritor?


-¡Limpiador de zapatos!


-¡La cagó!-. Gritamos en coro, tras la lectura de Allan Coronel, moribundos aún tras la farra de la noche anterior. 


Por aquellos días mi padre, que frisaba también los cuarenta, planeaba su vejez. Aunque era vendedor de quiosco en Atuntaqui, no le gustaba la idea de envejecer sin sol, ni aire; así que soñaba -llegado el tiempo- con lustrar zapatos en el parque de la ciudad. "No dependeré de nadie en mi vejez", rumoreaba a veces por la casa. Él nunca leyó un libro, para firmar un documento demoraba una eternidad.


El premio fue para el escritor como si hubiera llegado al zenit y no el inicio de un reto. Su descenso literario fue menos vertiginoso, casi con paracaídas y las musas, ah las musas, ya sin fósforo ni mecha que encender, lo vieron -con lágrimas- cerrar sus libros y pasar a depender de los gobiernos de turno.


Sus mejores años de “revolucionario” quedaron atras, igual que la bella Mercedes Sosa o Piero y comenzó a luchar -igual que antes “los viejos”- por un espacio que él creyó merecer, guiado por esa torpe creencia de ser el heredero de la cultura y que es deber del estado ocuparse de sus "genios"; pero, ¿quién les hizo creer que espacio alguno les pertenece en esa cocina de brujas que es la Casa de Cultura?


Una voz les susurra a los oídos: “Eres artista. Muestra tu imagen de fustigador, de rebelde, sin morder la mano de quien te da el pan”.


Es la voz de los patricios romanos, de los mecenas en la Edad Media; es la voz del estado que, como la Medusa tiene mil cabezas con serpientes y ojos que vuelven estatua a quien los mira. La historia nos muestra que pocos artistas fueron capaces de superar esa sumisión espiritual para llegar a ser los grandes renovadores del arte. Eran genios y ante ello los protectores debieron aceptar -a regañadientes- su inferioridad e inclinar las cabezas; aunque, no todos: la iglesia no perdonó a Galileo Galilei.


Mi padre acabó sus dias hace 21 años bajo los efectos del alcohol. Y el escritor, uno de nuestros inmortales, que soñaba con publicar una docena de libros, con una vida sencilla en familia, de cara a una vejez sin sobresaltos morales o económicos, hace poco se jubiló de trabajador público, mientras sus escritores preferidos murieron en New York o en Londres. 

 

Keine Kommentare:

Kommentar veröffentlichen